Nick Youngson CC BY-SA 3.0 Pix4free.org

por Raúl Rivas González, Universidad de Salamanca


El 5 de octubre se celebra el Día Mundial de la Meningitis. La OMS ha trazado una ambiciosa hoja de ruta para derrotar a la meningitis en 2030. Esta enfermedad constituye un gran problema de salud pública que afecta a nada menos que 2,5 millones de personas en todo el mundo cada año.

La enfermedad consiste en la inflamación de las meninges, que son los tejidos que rodean el cerebro y la médula espinal. Puede ser causada por procesos no infecciosos (trastornos autoinmunes, cáncer, reacciones a medicamentos) o infecciosos (bacterias, virus, hongos y, con menos frecuencia, parásitos). Y afecta a todas las edades.

La mayoría de las infecciones que causan meningitis pueden transmitirse de persona a persona. Por eso las reuniones masivas, las aglomeraciones y los entornos de hacinamiento, como los campos de refugiados, son lugares de riesgo.

MUERTE EN APENAS 24 HORAS

Si bien las meningitis virales son relativamente frecuentes, las realmente peligrosas son las de origen bacteriano, que pueden provocar la muerte en apenas 24 horas. Alrededor de una de cada diez personas que contraen meningitis bacteriana muere.

Las cuatro causas principales de meningitis bacteriana aguda son debidas a Neisseria meningitidis (meningococo), Streptococcus pneumoniae (neumococo), Haemophilus influenzae y Streptococcus agalactiae (estreptococo del grupo B). Otras bacterias como Streptococcus suis, en el sudeste asiático, Listeria monocytogenes, Streptococcus pyogenes, Klebsiella pneumoniae, Mycobacterium tuberculosis (tuberculosis meníngea), e incluso la popular Escherichia coli, pueden causar meningitis en grupos específicos, incluidos recién nacidos, mujeres embarazadas, receptores de trasplantes y adultos mayores. Algunos virus como los enterovirus y el paramixovirus que provoca las paperas, diversos hongos, en especial Cryptococcus, y parásitos como las amebas también son causas importantes de meningitis.

La mayoría de las bacterias que causan meningitis son transportadas en la nariz y en la garganta, y se transmiten de persona a persona a través de gotitas respiratorias o secreciones de la garganta.

Se estima que cada año se producen en todo el mundo más de 1,2 millones de casos de meningitis bacteriana y que, sin tratamiento, la tasa de letalidad puede llegar hasta el 70 %. Para colmo, uno de cada cinco supervivientes puede sufrir complicaciones permanentes como pérdida de audición, discapacidad neurológica o pérdida de una extremidad.

En la meningitis, los primeros síntomas pueden ser inespecíficos y confundirse con los propios de la gripe, cómo por ejemplo fiebre y malestar general. Sin embargo, pronto aparecen señales que deben ponernos alerta: fiebre alta, dolor de cabeza intenso, fotofobia, vómitos, alteración de la conciencia y rigidez en los músculos del cuello.

Los síntomas pueden aparecer de repente y empeorar con rapidez, derivando en convulsiones, entrada en coma y muerte.

El estándar de oro para diagnosticar la meningitis es el examen del líquido cefalorraquídeo –el líquido que circula por los espacios huecos del cerebro y la médula espinal– y la punción lumbar.

LA CLAVE ES VACUNAR

Avanzar hacia “un mundo sin meningitis”, como se ha propuesto la OMS, pasa por alcanzar tres objetivos principales. Por un lado, eliminar las epidemias de meningitis bacteriana. En segundo lugar, reducir en un 50 % el número de casos de meningitis bacteriana prevenible, y las defunciones en un 70 %, mediante la vacunación. Finalmente, habrá que poner empeño en reducir la discapacidad y mejorar la calidad de vida después de la meningitis.

En la actualidad, gran parte de las meningitis causadas por bacterias en edad infantil pueden ser prevenidas mediante la vacunación. Entre las vacunas disponibles destacan la vacuna antimeningocócica conjugada (MenACWY) (por ejemplo, MenQuadfi®, Menveo® y Nimenrix®) –que protege contra los serogrupos A, C, W e Y de la bacteria Neisseria meningitidis–, la vacuna antimeningocócica conjugada (MenB) (por ejemplo, Bexsero® y Trumenba®) –que protege contra el serogrupo B de la misma bacteria–, la vacuna antimeningocócica conjugada (MenC) (por ejemplo, Menjugate®, Meningitec® y NeisVac-C®) –que protege contra el serogrupo C de Neisseria meningitidis–, la vacuna contra Haemophilus Influenzae tipo B (HiB) (por ejemplo, las vacunas hexavalentes Hexavac® e Infanrix Hexa®) o la vacuna contra el neumococo Streptococcus pneumoniae (por ejemplo, Pneumovax 23®, Synflorix® y Prevenar 13®). La vacuna triple vírica (por ejemplo, Priorix®), incluida en el calendario de vacunación infantil, protege frente al sarampión, la rubéola y las paperas, que pueden causar algunos tipos de meningitis viral. En los últimos 30 años, han sido administradas más de 500 millones de dosis de la vacuna triple vírica en más de 90 países.

En Europa predominan los serogrupos B y el C de la bacteria Neisseria meningitidis, pero los casos han disminuido mucho desde que fue incluida la vacunación en el calendario infantil. Hace varios años que están disponibles en Europa dos vacunas frente al serogrupo B de la bacteria Neisseria meningitidis, Bexsero, desde 2013, y Trumenba, desde 2017, que pueden ser adquiridas con receta médica en las farmacias.

ÁFRICA SE LLEVA LA PEOR PARTE

La meningitis bacteriana está presente en todo el planeta, pero la mayor carga de morbilidad se observa en una región del África subsahariana conocida como el Cinturón Africano de la Meningitis. En esta área, el meningococo del serogrupo A representaba del 80 % al 85 % de las epidemias de meningitis antes de la introducción de una vacuna conjugada contra el meningococo A en campañas preventivas masivas (desde 2010) y en los programas de vacunación sistemática (desde 2016).

Es evidente que, para acorralar a la enfermedad y para evitar nuevas epidemias que puedan surgir en cualquier lugar, es fundamental mantener una cobertura de vacunación elevada.The Conversation

Raúl Rivas González, Catedrático de Microbiología. Miembro de la Sociedad Española de Microbiología., Universidad de Salamanca

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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