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por Francesc Grauet

En la actualidad, se está incentivando, de sobre manera en el discurso de las políticas públicas y gubernamentales, la importancia de igualdad y equidad entre hombres y mujeres.


Esto ha traído aparejado la propuesta de reconfiguraciones profundas respecto a los roles que tradicionalmente se asumían derivados de la condición de género. El cuidado no ha quedado fuera del alcance de estas transformaciones, pues se trata de una actividad generalizada en todos los continentes y sociedades. Históricamente, el cuidado se ha visto como un asunto “de las mujeres”, incluso cuando se ejerce de forma profesional.


La Organización Mundial de la Salud (OMS, 2018) define el género como un producto social que agrupa los roles, las características y oportunidades que se asignan a los hombres y a las mujeres, y que se consideran apropiados para cada grupo en relación con su sexo biológico, sin necesariamente corresponderse con él ni ser algo natural a los humanos.


El género es algo que varía según la época y el lugar, al ser algo específico para cada cultura y a la vez una forma de agrupar a las personas, se asume como algo innato e impermutable cuando es todo lo contrario.


El género deriva de la construcción social que a lo largo del tiempo y en cada contexto específico se elabora sobre lo que se espera del comportamiento social de hombres y las mujeres, el género también sectoriza las profesiones, y de manera acusada en las de la salud.


La enfermería se enmarca en el modelo socio patriarcal a partir del siglo XIX y sus consecuencias llegan a nuestros días, la disciplina se contempla hasta la actualidad como feminizada, estereotipada en el imaginario colectivo, contemplando los cuidados como responsabilidad exclusiva de las mujeres.


El gran problema que arrastra la enfermería, al ser una profesión eminentemente femenina, es paralelo al de la mujer a lo largo de la historia, ya que ambas han sido relegadas a un segundo nivel frente a la supuesta supremacía masculina. Dicha realidad se ha sostenido a pesar de que se van eliminando progresivamente todos los mitos sobre la inferioridad de la mujer, y a pesar también de la superación de la vieja creencia de que la mujer ha sido la causa de todos los problemas de la sociedad. Las tareas propias e independientes de la enfermera: acompañar, consolar, convencer…, englobadas en el concepto de cuidado, a la vista de la sociedad, parecen algo más femenino y doméstico que el desempeño de tareas más técnicas o que implican manejo de aparataje, tecnología, etc., lo cual se asocia con lo masculino.

EL "TOKENISMO" Y SU RELACIÓN CON LA ENFERMERÍA

La teoría de Kanter del tokenismo, de 1977, explica que en los grupos humanos dentro del mundo profesional o empresarial en los que hay desigualdad en el número relativo a un género, el grupo minoritario es considerado como token. Pertenecer al grupo token tiene unas consecuencias descritas por Kanter, como la alta visibilidad (aumenta la presión social), o la polarización del grupo (todo lo dicho por ellos es tomado como algo importante, aunque no lo sea).


Si nos fijamos en el caso de la enfermería o de las profesiones donde los “token” son los hombres, diversos estudios han descrito que los varones no tienen obstáculos serios en sus carreras gracias a su “capital de género”. Este concepto implica que las características asociadas a lo masculino a menudo actúan como un beneficio para los hombres en las profesiones feminizadas. Si lo relacionamos con la enfermería, algunos estudios apuntan que, para superar toda esta problemática, la profesión debe desprenderse de su simbología femenina, se deben abordar proyectos de innovación y conseguir el apoyo institucional global.

ESCALERA Y TECHO DE CRISTAL

Más allá del concepto que acabamos de desarrollar, pero siguiendo en la misma línea, nos encontramos con lo que Christine Williams denominó la “escalera de cristal”. Dicho concepto nos ayuda a entender la situación descrita anteriormente en la enfermería. Williams considera que los efectos del sexismo machista aumentan los posibles beneficios del tokenismo en los hombres, ya que son objeto de trato no discriminatorio o incluso preferencial tanto en la contratación como en las situaciones de ascenso, algo que está ampliamente aceptado en la cultura del trabajo y fue denominado como la escalera de cristal. Según esta visión, los hombres mantienen las ventajas asociadas a su estatus de género cuando están en desventaja numérica, y, por lo tanto, acceden a las posiciones más beneficiosas o puestos de poder a través de estas escaleras de cristal, en donde no hay traspiés ni obstáculos importantes como las mujeres tendrían. En el caso de ellas o de otros grupos con menor estatus, se toparían con un techo de cristal, es decir, con todas esas barreras que les impiden seguir subiendo. Los hombres se benefician de su posición token, ya que se asume que tienen, entre otros valores añadidos, una mayor capacidad de liderazgo y una actitud mejor hacia el desarrollo de la práctica profesional, por lo que ascienden más rápido que sus compañeras y tienden a monopolizar las posiciones de poder, obteniendo más beneficios que perjuicios (mayor visibilidad, progreso más rápido en su carrera, mejores sueldos…).


Durante el siglo XIX y gran parte del XX, han coexistido dos creencias que han limitado el crecimiento y desarrollo de la profesión enfermera. Por un lado, el modelo patriarcal, que impuso una visión de subordinación de la enfermería a la profesión médica y, por otro lado, la creencia de que la mujer tenía características innatas que la hacían única para ejercer la profesión.

DATOS

La función sanitaria tiene una presencia mayoritariamente femenina. En el año 2021 había más mujeres colegiadas que hombres en las profesiones relacionadas con la salud. Los colectivos con mayor porcentaje de mujeres fueron los de logopedia (el 93,5% eran mujeres), terapeutas ocupacionales (90,4%) y enfermería (84,2%).


Por el contrario, las profesiones que presentaron los menores índices de feminidad fueron las de protésicos dentales (30,4%), físicos con especialidad sanitaria (33,2%) y veterinarios (52,0%).


Según el Instituto Nacional de Estadística, en España hay 307.762 profesionales de enfermería, de las cuales 259.129 (84%) son mujeres y 48.633 (16%) son hombres.


En el caso de las matronas, la balanza todavía está más inclinada hacia las mujeres. Por las 8.904 mujeres que desempeñan este cargo en los hospitales, solo hay 632 hombres. Es decir, el 93,4% de las personas que ejercen esta especialidad son mujeres.


Esta fotografía nos sitúa ante una profesión mayoritariamente femenina. Pero además sucede que la historia de la enfermería se encuentra plagada de estereotipos asociados al género y que la profesión, pese a ese 84% de representación femenina, tiene que enfrentarse con el fenómeno del token en su propio mundo, por lo que los hombres dominan las posiciones de poder.


El porcentaje de mujeres ha sido siempre clamorosamente más alto, analizando los datos, además podemos afirmar que el porcentaje de mujeres en la profesión ha ido aumentando casi año a año. En este tiempo, ha habido un 67,3% más de mujeres enfermeras. Sin embargo, el porcentaje de hombres que accede a esta profesión no crece tan rápido ni tanto como el de las mujeres. Ellos han aumentado en un 30,6%, pasando de los 38.328 enfermeros que había en 1999 a los 50.074, de 2019. Es decir, el número de mujeres que ha aumentado en los últimos 20 años (107.008) supone casi el doble del total de hombres enfermeros que hay, hoy en día (50.074), en la profesión enfermera.


Las mujeres conforman el 86,2% de los profesionales de enfermería en los hospitales, el 78,7% de atención primaria y el 56,2% de urgencias.

EN DEFINITIVA

El empoderamiento de las mujeres profesionales de enfermería es uno de los caminos para seguir impulsando la igualdad de género y alcanzar el desarrollo sostenible, además de ser el mayor potenciador para la prosperidad y bienestar de las sociedades.


Se puede concluir que la mujer enfermera sigue estando en una posición de inferioridad tanto dentro como fuera de la profesión. Dentro, la mujer se ve relegada de los cargos de responsabilidad tanto en colegios profesionales como en el sindicato mayoritario de enfermeras, donde, pese a que hay más mujeres que hombres, siguen siendo unos porcentajes que no se ajustan a la realidad numérica de las mujeres en la enfermería. Fuera de la misma, en relación con el resto de profesiones sanitarias, se constata que otras titulaciones ocupan de forma mayoritaria los puestos de poder y toma de decisiones.
Resulta importante repensar las posibilidades de construir y ejercer el poder de forma distinta desde las mujeres, reconociendo la necesidad de la participación en los órganos de representación y política, favoreciendo cambio o fortalecimiento de estrategias que impulsen la equidad de género y consoliden la democracia por lo que resulta un reto trabajar desde la deconstrucción de esquemas tradicionales de elección para reconfigurar toma de decisiones para la elección de las mujeres desde los escenarios de representación desde las instituciones sanitarias.


A pesar de que la mujer representa a nivel mundial aproximadamente las tres cuartas partes del colectivo de profesionales de la sanidad, su presencia en puestos de responsabilidad y visibilidad se mantiene mermada en virtud de la cultura machista que impera en nuestro sistema. Es una evidencia de la situación de discriminación dentro de la profesión, que en un colectivo donde más del 84% son mujeres, el presidente del Consejo General es un hombre, al igual que lo ha sido su antecesor, pero el problema se hace aún mayor cuando analizamos el resto de los datos ofrecidos por el mismo Consejo General, lo que quiere decir que las proporciones siguen sin cumplirse en los organismos más representativos de nuestra profesión.


Por otra parte, las enfermeras son las profesionales más numerosas dentro de nuestro sistema sanitario, pero cuya titulación sigue sin estar presente o lo hace de forma escasísima en la nómina de gerentes de servicios de salud, consejerías de sanidad, gerencias de área, u otros puestos que se adjudican a profesionales con otras titulaciones, sanitarias o no.

Enfermero de Atención Primaria, Máster en Atención Prehospitalaria y Hospitalaria Urgente

BIBLIOGRAFÍA:

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